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Boletín Mexicano de Derecho Comparado
           InfoJus     Publicaciones     Anuario Mexicano     Contenido     Vol. XVII
 


DON ÁLVARO D´ORS

Emilio VALIÑO DEL RÍO*

Justo un año y cuatro días después del fallecimiento de su ejemplar mujer, doña Palmira Lois Estévez, nos dejó don Álvaro d´Ors. Ella había contribuido notablemente a su talla personal y académica y don Álvaro quedó muy disminuido tras su muerte.

Fascinado por Compostela, llegó a esa Universidad en 1944. Poco antes de su venida ya había hablado con el inteligente rector Legaz y éste le había prometido ayudarle a hacer una buena biblioteca romanística si iba a Santiago; y así fue, y lo sigue siendo, 60 años después, pues los profesores de derecho romano de esa Universidad continuaron su tradición, de manera que han mantenido una biblioteca que es, quizá, la mejor de España. Este amor por los libros hizo que, cuando se trasladó a Navarra, se le encargara de la dirección de la Escuela de Bibliotecarias, en la que explicó `Sistema de las Ciencias´, luego publicado.

La Universidad de Santiago, donde permaneció hasta 1961, y la de Navarra, fueron los dos grandes ámbitos donde llevó a cabo una imponente labor. En la primera hizo sus primeros trabajos, teniendo tiempo, incluso, para poner los cimientos de la romanística en la Universidad de Coimbra, en donde enseñó durante algunos cursos. Fue en Santiago, también, donde comenzó a asistir a congresos y alcanzar prestigio internacional: de aquellos años son, entre otras, sus originales investigaciones sobre el valor del orden del Edicto y su revolución de la sistemática del derecho romano frente a lo hecho por autores alemanes en el XIX, sus estudios sobre la Epigrafía jurídica de la España romana y su edición del Código de Eurico, que supuso un giro en el estudio de lo que se había considerado, con error, como derecho germánico. Trasladado a la Universidad de Navarra llevó a cabo allí un trabajo en cierto modo distinto, propiciado por el buen clima científico y humano que en los 60 y 70 se respiraba en ella. Allí, aparte de dirigir la Biblioteca de Humanidades, continuó investigando y, como ya había hecho en Santiago, preparando a profesores jóvenes, bastantes de ellos notables figuras luego en universidades iberoamericanas y hasta tuvo un discípulo japonés. Dirigió de modo directo o indirecto muchas tesis doctorales sobre derecho romano, derecho foral, historia antigua y era un punto de referencia para los que estudiaban y escribían sobre temas humanísticos; raros fueron los juristas o, en general, humanistas que no tuvieron conversaciones con él sobre los distintos temas en los que tenía ideas propias.

Su figura universitaria puede considerarse, sin duda, como excepcional. Difícil es dibujar una perspectiva de la Universidad española en el siglo XX si no se tiene en cuenta la obra de don Álvaro. Enamorado de la tradición secular de la universidad europea siempre subrayó el carácter universal de la misma y se esforzó en la defensa de sus tradiciones. En este sentido no puede menos que recordar su talante la siguiente anécdota. Caminando por los pasillos del claustro de la Universidad de Santiago se encontró don Álvaro a un militar vestido de uniforme, con correaje y arma; sorprendido por verle así, le dijo que en aquel recinto, como la jurisdicción era del rector, nadie podía llevar pistola. Le invitó a dejarla en la portería, lo que hizo el militar, quizá infringiendo sus ordenanzas; en verdad, éste había ido a la universidad a interesarse por la carrera académica de su hijo. Esta independencia y aplicación de unos principios son los que explican, asimismo, que cuando un alto preboste de Madrid le propuso ser preceptor del (entonces) príncipe Juan Carlos, declinó la tarea porque, dijo, él había opositado para dar clases públicas y no privadas. Como ello disgustó al proponente de aquello que a tantos habría gustado, don Álvaro, en coherencia, dimitió como secretario general de la universidad. Este desprecio por lo que podríamos llamar debilidades humanas se explica por su `pasión por la congruencia´, algo que podría definir la trayectoria de su vida y que justifica, por ejemplo, que nunca haya tenido el menor interés por ir a una cátedra de Madrid, de la antigua Central, mal llamada ahora Complutense, en la que él había estudiado; o que tampoco haya hecho nada para ser académico o por recibir medallas.

Las pocas distinciones públicas de que fue objeto fueron siempre a propuesta de sus decanos o de sus discípulos; incluso no le gustaba que le llamaran "excelentísimo señor" a lo que tenía derecho. Quizá su propia visión universalista hacía que se sintiera más contento siendo miembro del Instituto Arqueológico Alemán, de la Academia portuguesa de la Historia o doctor honoris causa por las universidades de Toulouse, Coimbra y Roma, en la que, por cierto, le propusieron personas que estaban en las antípodas de sus ideas. Algo no habitual en España.

Pero don Álvaro, autor de mil y un publicaciones, y con trabajos traducidos (al gallego, catalán, alemán, inglés, japonés, francés e italiano) era ante todo un hombre de extraordinaria calidad humana. Rigurosamente austero valoraba especialmente la sencillez y hasta la pobreza; por eso decía que la economía era la ciencia de la escasez. Le molestaba extraordinariamente todo lo que suponía el consumismo que veía como una consecuencia del poder americano, responsable, a su vez, del envilecimiento y deterioro de la cultura moderna. Su austeridad era tan grande que nunca toleró, por ejemplo que se le llevase a su casa en coche: siempre iba en autobús. No hablaba mal de nadie y siempre trataba de entender y justificar a los que tenían ideas diferentes. Hombre de educación exquisita no `explotó´ tampoco a sus discípulos pidiéndoles cosas que él mismo podía hacer; sin embargo, como era esencialmente modesto, pedía opinión sobre sus nuevas ideas o doctrinas, con un "¿qué le parece a usted esta interpretación?" Una sólida convicción religiosa y estas virtudes consecuentes con ella podrían propiciar que se le recuerde, incluso institucionalmente, no sólo por su categoría científica, sino también como cristiano ejemplar.

Aunque nacido en Barcelona, la estancia en Galicia y sus numerosos hijos nacidos en esta región hicieron que él se considerara gallego y que amara profundamente esa tierra. Precisamente en Pontevedra tiene datados algunos libros.

Aunque impresionado todavía por su desaparición, creo que lo escrito da unos trazos sintéticos de esta imponente figura que se nos ha ido. Yo tuve la gran fortuna de trabajar a su lado y de ser amigo suyo durante casi cuarenta años.

* Catedrático de la Universidad de Valencia. Correo electrónico: falino@uv.es